La difícil decisión de tener que decir adiós
Escuchemos la confesión de uno de mis pacientes. Es útil conocerla porque nos muestra lo difícil que es, a veces, terminar con una relación sentimental por más nociva que esta sea:
"No estaba seguro de si debía cortar con mi pareja o no. Por momentos me parecía que la relación era insostenible, por momentos me hacía la ilusión de que todo podía cambiar. Ahora advierto que esperé demasiado tiempo. Reconozco dos cosas: que no me animaba a romper, pero, principalmente, que me faltaba seguridad. Viví muchos años con ella haciéndome la misma pregunta: ¿Se justifica que la deje; es tiempo ya que lo haga? ¿No será mejor esperar? Ahora que mi situación cambió para bien, gracias a que me decidí a abandonarla, vuelvo sobre el pasado y a veces me reprocho por haber esperado tanto. Finalmente acepto aquellos titubeos: eran el resultado de mis ingenuas esperanzas y de mi debilidad psicológica, porque todavía no había logrado afirmar la fortaleza que tengo hoy".
Cuando este paciente vino a mi consultorio para pedirme ayuda estaba realmente deprimido y desorientado, a la angustia que le provocaba persistir con una relación desdichada, se sumaba la angustia que le producía terminar con ella. Algunos meses de tratamiento y apoyo fueron suficientes, en principio, para que empezara por sentirse más fortalecido y con mayor confianza en sí mismo. Como consecuencia de ello, y algún tiempo después, pudo ver con más claridad cuál era el mejor camino.
Finalmente logró decidirse y cortó.
Mi paciente pudo hacerlo gracias a los cambios que imprimió a su vida.
Pues sucede que si necesitamos modificar una situación externa a nosotros, jamás lo lograremos si no nos animamos a cambiar internamente. El no podía cortar porque se resistía a modificar las cosas: le resultaba más cómodo, más tranquilizador, dejar todo como estaba. Fundamentalmente su propia vida. Por desdicha, esa tranquilidad y comodidad eran aparentes. Solo le servían para negarse a cambiar. Porque cambiar también produce temor. Cambiar, para él, significaba pasar a una vida más digna y feliz, significaba mejorar. Y el pretender mejorar puede producir culpa.
Quizá cueste aceptar que la sola idea de mejorar pueda culpabilizar a alguien hasta dejarlo inmovilizado. No resulta tan incomprensible si aceptamos que mejorar significa cambiar, y que cambiar implica abandonar muchas cosas, por ejemplo el pasado.
Y existe otro componente: hay gente que no se cree merecedora de ser feliz. Ya sea porque está rodeada de personas a las que ve sufrir y con las que se identifica sin lograr diferenciarse de ellas, o porque crea que siendo feliz perjudicará a los demás.
Lic. Teresa González
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