El dolor de la separación II
El dolor no es privativo de hombres o mujeres. Es saludable tener alguna idea de lo que nos puede ocurrir luego de una separación. Por de pronto, reconocer que pese a las diferencias de género, el varón y la mujer llegan a sufrir con la misma intensidad. El dolor, en asuntos de fracasos amorosos, no es privativo de lo femenino o lo masculino.
No siempre el rompimiento es previsible. A veces una pareja se deshace abruptamente, casi de un día para otro, sin que uno de los miembros ni siquiera hubiera sospechado tal desenlace. En otros casos, no: la separación se planifica con tiempo, de común acuerdo y armoniosamente. Son circunstancias diferentes, pero que sin embargo tienen un punto de contacto: el rompimiento acarrea sensación de vacío. Todo el pasado de una vida común aflora en la mente y los recuerdos nos abruman; desearíamos volver atrás, desandar los acontecimientos y hasta soñamos con modificarlos. En esta etapa, puede surgir la idea casi obsesiva de pretender reparar, de volver a empezar la relación, de mejorarla y retomarla. Esos deseos podrían hacer que negáramos la realidad, y en lugar de fortalecernos, nos debilitaríamos. Hay cosas que jamás vuelven atrás, y cuando finalmente nos damos cuenta de ello, puede sobrevenirnos una depresión aun mayor que la que sentimos al tener que separarnos. La evidencia de que será inútil tratar de recuperar lo perdido hará que toda nuestra omnipotencia se derrumbe. Habíamos creído que podíamos torcer los hechos y de pronto, advertimos que es imposible hacerlo. El dolor se renueva. La sensación de vacío aumenta.
El tiempo que dure esta situación de tristeza depende de cada caso, pero debemos aceptar que en mayor o menor grado, le sucede a toda persona que se separa. Estar preparado para afrontarlo fortalece la decisión; sirve de apoyo para animarnos a decir "basta" cuando una relación se torna insostenible y necesitamos ponerle fin.
Lic. Teresa González |