Otra clase de amor
Nos preocupamos por generar amor, aconsejamos e inducimos a los niños para que aprendan a dar y a recibir amor; invocamos el amor entre los familiares, entre los vecinos, entre los habitantes de un país, entre la variada y multitudinaria población humana que cubre nuestro planeta. Sin embargo, hay un ámbito en el que nos cuidamos muy bien de abrirle las puertas al amor y en el que nos acorazamos para que
el amor no entre. Ese ámbito es el del dinero, y en consecuencia: el ámbito del trabajo.
Viejas consignas, acostumbramiento, frases hechas; elementos todos que nos alertan y nos convencen de que el amor y los negocios andan por caminos distintos e incompatibles. De allí otra dicotomía que se produce en el lenguaje: hablamos de relaciones humanas y de relaciones de trabajo, como si las de trabajo no fueran relaciones humanas.
Cuando somos jóvenes e ingresamos por primera vez en el mundo del trabajo llevamos con nosotros todas estas consignas. De esa manera limitamos nuestra capacidad de amar, por lo que nos ponemos aprehensivos, desconfiados y maliciosos. Ahora bien: en ese ámbito de trabajo en el que acabamos de ingresar, ¿encontraremos acaso otro tipo de actitud que no sea tan rígidamente aprehensiva y desconfiada como la nuestra? Lo más probable es que no, ya que empleados y empleadores estamos todos cortados por la misma tijera.
Cuando digo amor, me estoy refiriendo en este caso a ese sentimiento que nos moviliza para desear y lograr la felicidad de los demás. ¿Acaso el dinero no sirve para eso? ¿O sólo para satisfacer ambiciones personales? ¿No decimos siempre que el dinero debe cumplir una función social, que debe ser solidario? y si eso no es amor, ¿qué es entonces?
Desdichadamente, cuando estamos en el trabajo, bloqueamos una parte muy importante de nuestro ser: el corazón. Ni siquiera, en muchísimos casos, nos dejan expresar nuestros conflictos. No traigas tus problemas al trabajo, déjalos en tu casa, nos dicen, obligándonos a desdoblarnos y a enajenarnos. Son pocos los lugares, aunque los hay, en los que un trabajador puede expresar lo que le sucede en su vida íntima; inclusive, hasta se realizan breves reuniones antes de comenzar la tarea. No se trata en esos casos de hacer terapia o de resolver los problemas de nadie, es simplemente detenerse unos instantes para escuchar al otro, para comunicarse. Un buen intento para recibir y otorgar amor.
Aun desde el punto de vista utilitario, es buen negocio querer a la gente con la que trabajamos. En una oficina, por ejemplo, los empleados se desempeñan mejor cuando los une el sentimiento de la amistad. El amor nos energiza y nos da felicidad; la gente feliz rinde más.
Lic. Teresa González |