El proceso de la curación I
No
hay que permitir que el pensamiento avance más que nuestros
afectos, como adelantándose a lo que auténticamente
sentimos. Por el contrario, debemos observar y atender
nuestras emociones, pues ellas son la evidencia de lo
que en verdad nos está sucediendo. A veces, en un intento
por quemar etapas, la mente nos lanza a iniciativas
desacertadas. Por ejemplo —y esto es bastante característico—
la de pretender ahogar el dolor de la pérdida amorosa
con un nuevo y forzado enamoramiento.
Ante una situación de pérdida —y el rompimiento de una relación amorosa lo es— lo natural y espontáneo es que busquemos escapar del dolor, pero si tratamos de apresurarnos, no damos tiempo de elaborar las circunstancias que nos llevaron a ese desenlace tan doloroso. Uno de los mecanismos para tapar el dolor es sentirnos autosuficientes. Así es como llegamos a creer que poseemos una fuerza y una resistencia formidables y que gracias a ellas no necesitamos ni del consuelo ni del apoyo de los demás. Y tampoco del amor de nadie. Lo que se genera con ello es una especie de coraza que termina convirtiéndonos en seres indiferentes e insensibles, impermeables a la ternura, al cariño o a la simple amistad. Quien cae en esa exageración evitará toda relación íntima, y su actitud será la del rechazo. En el fondo, lo que teme esa persona es tener un nuevo fracaso amoroso, y como sigue los dictados apresurados de su razón —la cual le urge abandonar el dolor— termina por tomar el camino que le resulta aparentemente más fácil. Lo saludable sería permitirse escuchar los reclamos de sus afectos; si lo hiciera, reconocería que lo que desea verdaderamente es que la vuelvan a amar, y hallar una nueva pareja en quien volcar su energía. Reconocer esa necesidad de ser amada y protegida quizá la hagan sentirse débil y sola durante el tiempo en que no concreta una nueva relación, pero será más honesto de su parte y por ende, más saludable. Solo reconociendo nuestros deseos más auténticos y dignamente humanos, es como podemos encontrar la manera leal de satisfacerlos.
Una relación contraria a la anteriormente descripta es la que a veces deriva en el deseo compulsivo de dar, de atender indiscriminadamente a los otros. Con ello, en su urgencia por escaparle al dolor, esa persona evita prestar oídos a sus propias necesidades y reconocer que las tiene y que debería satisfacerlas. Al entregarse de lleno a los demás, llega a decirse que no necesita nada para sí. No tendrá tiempo casi ni para embellecerse, ni para darse ningún gusto, ni para distraerse. Tampoco para pensar en sí misma. Y menos para permitirse enamorarse de una sola y determinada persona.
Es bueno y hermoso hacer cosas por los demás. Pero muy hermoso es también saber que hay alguien que nos quiere más que a nadie en el mundo y a quien, más que a nadie en el mundo, también nosotros somos capaces de amar.
Porque sucede que esos no
son momentos de ocuparse de los demás, sino una excusa
de la mente para huir. Si es el momento de ocuparse
más profundamente de uno mismo, y es a nuestras necesidades
a las que deberíamos atender con prioridad. Nuestra
salud es lo primero, para que después, una vez liberados
de la situación dolorosa, podamos entregarnos con verdadero
ánimo solidario y no para escaparle a los conflictos.
Lic. Teresa González |